Alguns Esboços... [Assaigos sociologics de Julio Souto]

¿COMUNIDADES IMAGINADAS O IMÁGENES COMUNALES?


reflexiones sobre


El Poder de la Identidad, Manuel Castells

Benedict Anderson define la nación como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana“. (Anderson, 1983).

Esta definición parte del concepto de identidad colectiva, concebida siempre como una comunidad imaginada (un vínculo inmaterial entre todos los miembros de una comunidad que no se conocen directamente, pero que a pesar de ello se reconocen como partes de un mismo todo). Como decíamos, esta identidad colectiva es fuente de solidaridad y reconocimiento, y es fundamental por su virtud de dar sentido a las vidas y a los acontecimientos individuales. Como es inherente a esta definición, las comunidades imaginadas (y esto incluye todas las comunidades, pues la única comunidad que podría ser calificada como natural sería la comunidad humana) son fruto de un proceso dinámico, en constante construcción y reconstrucción, es decir, nunca son un dato objetivo. El proceso de construcción de las comunidades imaginadas se estructura en virtud de dos ejes:

- Conflictos: organizan a los grupos en defensa de unos intereses, frente a los intereses de otros grupos. Generan la imagen del “otro”, la alteridad que requiere todo colectivo limitado.

- Discursos: Relatos históricos, científicos, míticos, etc., que dotan de significado al colectivo. Establecen los orígenes, las metas y las significaciones, situando al colectivo en un marco espacio-temporal. Así, el colectivo adquiere una continuidad y todas las acciones individuales satisfacen su necesidad de un sentido.

Así, se dan las competencias entre los discursos de forma que cada uno intenta imponerse a los otros. La principal estrategia discursiva consiste en caracterizar el colectivo, que siempre es un ente coyuntural e histórico, como algo natural y eterno. La potencia de esta estrategia reside en su capacidad de convicción, ya que un discurso es totalmente inútil y estéril si no es compartido por el colectivo: el discurso requiere la identificación del colectivo con este relato.

Tras esta definición de la identidad colectiva, Anderson desarrolla su definición de nación antes mencionada, que básicamente añade el importante matiz de la soberanía. De esta forma, la nación es una comunidad política imaginada: por encima de todo, la nación es un artefacto cultural, necesariamente los conacionales no se conocerán todos mutuamente, y aún así sentirán que existe un vínculo imaginario entre ellos. La idea de la nación se construye y reconstruye constantemente por medio de determinados eventos culturales que generan la imagen del “nosotros” nacional. Es por esto que la nación es comprendida como un ámbito de comunicación prioritario, donde los agentes intercambian información para reconstruir constantemente el discurso nacional. Este vínculo cultural se refuerza sobre todo en los casos de comunidad de lengua. (Aunque una nación no debe coincidir necesariamente con una comunidad lingüística – caso de Suiza – es frecuente que los conacionales compartan una misma lengua, lo que da mayor peso al vínculo imaginado que les une, facilitando la comunicación nacional y la recreación constante de discursos). Como decíamos anteriormente, el discurso nacional tiende a naturalizar el vínculo de unión, que siempre será un vínculo cultural. Así, la nación tiende a “naturalizarse”.

Al referirse a la nación como una comunidad inherentemente limitada, Anderson incide en los límites territoriales y humanos que acotan la comunidad nacional. La humanidad entera es comprendida como un agregado de naciones, un conjunto espacial segmentado en múltiples espacios nacionales estancos. (Las excepciones, en las que una nación ha tendido hacia el internacionalismo universal, han sido siempre en pos de una hegemonía internacional – Caso de La Grande Nation Française.)

Pero esto, la comunidad imaginada inherentemente limitada, no distingue a la nación de cualquier otra identidad colectiva (religiosa, de clase, étnica…). El rasgo distintivo de estas comunidades que son definidas como nacionales es la atribución de la soberanía. Se refiere a la legitimidad última del pueblo nacional, que se atribuye el derecho de autodeterminación política. Así, esta comunidad imaginada deviene sujeto histórico con capacidad de decidir su propio futuro. No estamos hablando de una comunidad trascendente, creada para cumplir una meta establecida en un orden atemporal; es una comunidad inmanente, un grupo en sí que no necesita un fin más allá de ella para existir. La nación existe por sí misma. Es una sociedad política que decide por sí misma, creada única y exclusivamente para la emancipación política de un grupo humano. La soberanía reside en el pueblo, decía Rousseau, porque éste es el todo social.

En esta misma línea encontramos las teorías de Ernest Gellner sobre nación y nacionalismos (Gellner, 1983). Estos conceptos aparecen necesariamente vinculados al concepto de Estado y al proceso político de consecución de la soberanía.

Así, Gellner define el nacionalismo como “el principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política”. Y esto es válido tanto para el sentimiento como para los movimientos nacionalistas, ya que en ambos casos corresponden a una reacción contra el sentimiento de violación de la soberanía nacional, cuando se percibe que la unidad nacional está siendo alienada de su capacidad y deber de autodeterminación política.

Pero esta definición no sería operativa sin establecer previamente las definiciones de nación y estado, que sin coincidir de forma idéntica, están íntimamente vinculadas.

Para hablar del Estado, Gellner nos remite a la definición de Max Weber, tal vez una de las más fundamentales de las Ciencias Políticas modernas. En ésta, el estado aparece definido como el “agente que detenta el monopolio legítimo de la violencia”. Pese a mostrarse satisfecho con esta definición, Gellner la matiza debido a la observancia de ciertas formas de violencia legítima no estatal en el marco de algunos estados contemporáneos (Caso de trifulcas tribales toleradas en el Irak ocupado por el Imperio Británico). Sosteniendo el mismo principio que inspirara a Weber, Gellner propone definir el estado como el agente encargado exclusivamente del mantenimiento del orden, un agente separado del resto de la vida social. Así, el agregado institucional organizado especializado en exclusiva en el mantenimiento del orden (como la policía, la judicatura, etc.) es el estado.

Y de esta forma de organización social, Gellner desprende su concepto de nación. Mediante un estudio histórico, podemos observar como todos los movimientos nacionalistas se han dado en sociedades estatalizadas, reivindicando sus derechos soberanos o conflictos políticos (poder, fronteras…) al limitar sus competencias con otras unidades políticas, otros estados. Así, el estado aparece como condición necesaria (en absoluto suficiente) para el surgimiento de nacionalismos. El nacionalismo, según Gellner, sostiene que nación y estado están hechos el uno para el otro, que se necesitan mutuamente: el uno sin el otro son entes incompletos y trágicos.

A la hora de determinar el fundamento de este vínculo que denominamos “nación”, Gellner expone dos tipos de definición de la esencia nacional:

1) La cultura: incluyendo un extenso y complejo sistema de ideas, de códigos, de conductas y lugares comunes. Sería, de algún modo, la forma de definir la nación más objetivamente.

2) El reconocimiento: dos individuos pertenecen a la misma nación si se reconocen mutuamente como parte de ella y no pertenecientes a ninguna otra. En esta explicación voluntarista, las naciones son las que hacen a los nacionales, ya que en virtud de este concepto los miembros de la comunidad se reconocen mutuamente una serie de deberes y derechos que serán la esencia de su identidad.

Tanto una como otra definición simplemente intentarían explicar la dinámica de génesis del proceso nacional. En última instancia, la importancia del concepto nación, de cara al dilema que nos ocupa, radica en su operatividad política más que en su fundamento.

Y respecto a esto es donde encontramos la más rica aportación del sociólogo Manuel Castells, refiriéndose a los nacionalismos contemporáneos en la era de la Sociedad Red. En el segundo volumen de su obra magna (“La era de la información”, Castells, 1997), se introduce el análisis de los procesos de construcción de la identidad en el contexto globalizado. Bajo el título de “el poder de la identidad”, estudiamos en profundidad la importancia de los procesos de formación del “yo” en el mundo altamente interconectado, en constante conflicto entre los ámbitos local – global.

Castells ubica el proceso de formación de la identidad en la esfera del sentido, coincidiendo con las definiciones anteriores que Anderson y Gellner daban para la “comunidad imaginada”. En ambos casos, estamos hablando de un proceso reflexivo, en el que el individuo se reconoce a si mismo y a sus acciones dentro de un continuum lógico. En este aspecto, distinguimos con mucha precisión el concepto “identidad” del concepto “rol” o “conjunto de roles”. No estamos hablando de funciones sociales ni interacciones, espacio propio del rol y las conductas asimiladas a estos. Al hablar de identidad estamos refiriéndonos a un proceso de asimilación e interiorización, un proceso de búsqueda de sentido. De esta forma, la idea de Castells sobre identidades colectivas no distaría mucho de la de los autores previamente mencionados.

No obstante, Castells desarrolla sus teorías en un marco conceptual muy concreto, que caracteriza tanto ésta como toda su obra: la sociedad red. El propio Castells dirá de la sociedad red que

Es un periodo histórico caracterizado por una revolución tecnológica centrada en las digitales de información y comunicación, concomitante, pero no causante, con la emergencia de una estructura social en red, en todos los ámbitos de la actividad humana, y con la interdependencia global de dicha actividad. Es un proceso de transformación multidimensional que es a la vez incluyente y excluyente en función de los valores e intereses dominantes en cada proceso, en cada país y en cada organización social. Como todo proceso de transformación histórica, la era de la información no determina un curso único de la historia humana. Sus consecuencias, sus características dependen del poder de quienes se benefician en cada una de las múltiples opciones que se presentan a la voluntad humana. Pero la ideología tecnocrática futurológica trata de presentar que la revolución y la ley del mercado se refuerzan la una a la otra. En ambos casos, desaparece la sociedad como proceso autónomo de decisión en función de los intereses y valores de sus miembros, sometidos a las fuerzas externas del mercado y la tecnología.

Y sin embargo, la observación empírica, los resultados de la investigación, de mis propios trabajos y de otros muchos, muestran el carácter contradictorio del proceso de globalización y la diversidad de las trayectorias tecnológicas y de sus efectos

En lo referente a los procesos de formación de la identidad, los individuos se debaten en una constante tensión para definir su “yo” de forma autónoma. El proceso se da en el seno de un constante conflicto Red – Ego, en el que el individuo pierde con frecuencia la capacidad de gestionar su propio ámbito local, ya que éste está sumido en una inmensa red global que lo determina, manipula y altera.

Así, en el ámbito de la sociedad red propia de la modernidad tardía, Castells identifica tres tipos de identidades colectivas:

  • 1) Identidad legitimadora: introducida por las instituciones dominantes, con la función de organizar y racionalizar su dominación frente a los actores sociales. Estas identidades generan una sociedad civil organizada que comulga con los valores establecidos.

  • 2) Identidad de resistencia: Generada por las clases excluidas que se encuentran en posiciones devaluadas en la lógica de la dominación, por lo que se generan trincheras de resistencia contra los valores establecidos por las instituciones dominantes. Generan grupos comunales o “comunas”, en un curioso proceso de formación de identidades defensivas que Castells denomina la exclusión de los exclusores por los excluidos.

  • 3) Identidad proyecto: Los actores sociales, basándose en los materiales culturales de que disponen, construyen una identidad que redefine su posición en la sociedad -red, de forma que se produce un proceso de trasformación en la estructura social. Estas identidades producen SUJETOS, en el sentido de actores plenamente autónomos en la creación de su trayectoria vital, de otorgar sentido a la totalidad de experiencias de su vida individual (Touraine, 1995).

La conclusión a la que llega Castells tras analizar estos tipos de identidad colectiva, es que la dinámica tradicional por la que la sociedad civil tendía a devenir sujeto (es decir, una identidad legitimadora devenía una identidad proyecto) se ve truncada en la sociedad red, por las contradicciones entre los ámbitos local-global que antes mencionábamos. En nuestra modernidad tardía, los actores sociales se vuelven inconscientes e irresponsables respecto a la construcción de su propio “yo”, y sólo son capaces de crear identidades proyecto desde la trinchera defensiva de las identidades resistencia (tendencia a generar sujetos desde las comunas de resistencia). En el primer capítulo, “Paraísos comunales: identidad y sentido en la sociedad red”, Castells nos ofrece cuatro casos de reductos identitarios que devienen identidad proyecto, generando sujetos que suponen un verdadero desafío para las instituciones establecidas:

- Fundamentalismos religiosos.

- Identidad étnica.

- Identidad territorial.

- Nacionalismos.

Y es precisamente este último epígrafe el que cobra interés para nuestro estudio. En el apartado siguiente analizaremos los nacionalismos contemporáneos siguiendo la visión de Castells, interpretándolos no como una propuesta estrictamente política y soberanista, sino como una identidad trinchera desde donde refugiarse y poner en cuestión las instituciones establecidas: en este caso, el Estado-Nación.

Haciendo referencias explícitas a los trabajos de Anderson, Gellner, y otros autores que mantienen la misma línea analítica de los nacionalismos como inherentemente político, Castells introduce una modificación que será clave en su comprensión del mundo contemporáneo. Para éste, el nacionalismo es una acción y reacción social tanto de las elites como de las masas (es algo más que una construcción ideológica con un estricto fin político). Con esto quiere evitar Castells que el análisis de los nacionalismos quede reducido a un momento histórico concreto (Europa, siglos XVIII y XIX) y al proyecto de los estados-nación moderno. Desde su perspectiva, el nacionalismo se presenta como una poderosa fuente de sentido e identidad, con todas las implicaciones sociales que antes hemos establecido. Así sale Castells de la visión eurocéntrica que según él contamina los análisis antes expuestos, e intenta explicar el auge contemporáneo de los nacionalismos culturales contra el declive de los proyectos soberanistas de construcción de los estados-nación.

Para completar la presentación de su perspectiva analítica, se incluye una clasificación de 4 grupos de factores que explican el surgimiento de las identidades nacionales, no estrictamente vinculadas a los proyectos políticos de los estados-nación (Deutsch, 1953; Rubert de Ventós, 1994).

- Primarios: etnicidad, religión, territorio, lengua…

- Generativos: comunicación & tecnología, ciudades, ejércitos, monarquías centralistas…

- Inducidos: codificación oficial del lenguaje, sistemas de educación nacional…

- Reactivos: defensa de identidades e intereses sometidos, búsqueda en la memoria colectiva de un pueblo (discurso histórico)…

Estos factores, sus importancias relativas en función del contexto, y las estrategias de los diferentes actores dan lugar a un proceso complejo de interacciones de construcción política y cultural de las naciones. Lo importante en estos procesos es saber interpretarlos y deconstruirlos en otros subprocesos, identificando en cada caso cómo ha sido construida la nación, por quién, a partir de qué materiales, y sobre todo, para qué.

A modo de exposición empírica de esta presentación teórica, Castells expone dos casos de nacionalismos culturales en el marco del fin de milenio. Lo más característico de estos procesos es la circunstancia novedosa de sus pretensiones políticas, de las que no podemos decir exactamente que corresponda a la independencia política y la creación de un estado-nación en los términos que estamos acostumbrados a concebir esta institución (Soberanía absoluta, comunidad nacional, territorio limitado). En estos casos, la pretensión planteada es la creación de un cuasi-estado, una institución de soberanía compartida con una instancia superior (estado plurinación, federación interestatal…). De esta forma, se intentan evitar los riesgos conocidos que suponen el intentar asimilar automáticamente el marco estatal a una nación monolítica.

Los dos casos expuestos por Castells para ilustrar su teoría del nacionalismo como fuente de identidad resistencia-proyecto en el marco de la sociedad red, son los de Catalunya (nación sin estado) y los de los grupos nacionales que re-emergen tras la desintegración de la URSS (naciones contra estado). En este ensayo destacaremos únicamente el caso de las naciones post-soviéticas, que posteriormente será desarrollado en las exposiciones de clase centrándonos en el análisis que Carlos Taibo hace del caso checheno, de flagrante actualidad por la virulencia de sus conflictos bélicos y posguerras de las últimas décadas.

La URSS destaca históricamente por ser el estado que ha declarado más explícitamente su composición plurinacional, siendo esta simetría nacional fomentada desde el poder. Estratégicamente, el fomento de estas identidades nacionales podría ser tremendamente útil para un estado que tiende a ser internacional. Ningún grupo nacional aparece, en principio, como hegemónico frente a los otros. Esto se debe a la vocación internacionalista y expansiva del estado soviético, que intentó organizar todas estas identidades étnicas-nacionales (sin eliminarlas) en torno a una identidad común soviética. Esta última no debía suponer un conflicto frente a las identidades nacionales preexistentes.

Tras el derrumbe del bloque soviético, se da el planteamiento de la Comunidad de Estados Independientes (Sojuz Nezavisimyi Gosudarstv). En pocos años se pudo observar la fragilidad de esta agrupación, tumbada por la persistencia de identidades nacionales con base histórica. De entre los miles de estallidos de violentas revueltas nacionales, la guerra en Chechenia aparece como el caso paradigmático que ejemplifica la tensión entre los intentos de la Federación Rusa de mantener la unión y el tesón de los grupos nacionales en su beligerancia por sobrevivir como nación. Según observa Castells, el reconocimiento artificial e indiferente de las nacionalidades por el marxismo-leninismo no eliminó los conflictos históricos, sino que más bien los alimentó y recrudeció. Sobre esta hipótesis, se plantean algunos comentarios:

- La URSS, uno de los estados más potentes de la historia, especialmente en lo referente a los apartados ideológicos y propagandísticos, fue incapaz, en 74 años de existencia, de crear una nueva identidad nacional soviética (sovetskii narod). Pese a la coherencia lógica de su discurso nacional, basado en diferentes referentes comunes extraídos de la memoria colectiva soviética, el estado no fue capaz de convencer a la población. La identidad legitimadora (sociedad civil) no fue capaz de trasformarse en una identidad proyecto, no hubo lugar a un sujeto nacional.

- Las identidades nacionales históricas no pudieron ser asimiladas por el modelo administrativo soviético (Caso de la caótica Georgia, amalgama de múltiples grupos étnicos y nacionales). La institucionalización de los estados se hizo de forma artificial, geoestratégica desde los centros de decisión – Moscú – sin atender a motivos culturales o históricos. Así, las identidades nacionales son reconstruidas en cuanto desaparece la opresión explícita del estado.

- Después de que el marxismo-leninismo barriera todo tipo de identidades colectivas (religiosas, partidos democráticos) las identidades nacionales devienen determinantes. Al aparecer como las únicas supervivientes, son las más útiles para los movimientos de transición de la década de los noventa, mucho más creíbles que las ilusiones de libertad prometidos por la democracia y el mercado. Castells insiste: no existen identidades nacionales porque se utilicen, se utilizan porque existen.

- Tras este recorrido histórico, será imposible que las naciones funcionen como estados soberanos plenos, ya que todo estado-nación que aparezca no será (ni podrá ser) homogéneo en la identidad nacional. Y, como hemos visto, los intereses de la nacionalidad dominante no pueden definir las vías de decisión del estado sin generar conflictos violentos. Se plantea la necesidad de colaboración de todos los estados post-soviéticos, más aún si tenemos en cuenta la interdependencia material (infraestructuras, comunicaciones….) generada tras 74 años de convivencia.

En conclusión: encontramos en este caso unas identidades nacionales escindidas, atrapadas en una dualidad soviético-nacional. Por tanto:

- No será posible que se constituyan como estados-nación independientes.

- No hay posibilidad para un nuevo imperialismo ruso.

Se propone, frente a la Comunidad de Estados Independientes, la creación de una Comunidad de Estados Inseparables (Sojuz Nerazdelimyj Gosudarstv). Esta red de instituciones se caracterizaría por su naturaleza flexible y dinámica, una organización donde las identidades nacionales tuvieran lugar al definirse en relación a una red y no respecto a un otro. Sería, al mismo tiempo, un instrumento político real y útil en el contexto global para la comunidad soviética.

BIBLIOGRAFÍA

Gellner, Ernest (1983): Naciones y Nacionalismos, Madrid, Alianza, 1997.

Anderson, Benedict (1983): Comunitats imaginades : reflexions sobre l’origen i la propagació del nacionalisme. Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2005.

Castells, Manuel (1997): “Paraísos comunales: identidad y sentido en la sociedad red”, en La era de la información. Vol. 2: El poder de la identidad. Madrid, Alianza (2ª ed.), 2005.

Taibo, Carlos (2004) El conflicto de Chechenia. Madrid, Ed. Cátedra, (3ª ed.) 2005.

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